
Recuerdo que era un 28 de marzo de 1985 cuando se inició una de las experiencias más fuertes e importantes de mi vida. Me parece que no soy el único que al final quedó marcado por ese acontecimiento. Por supuesto… ¡Nos íbamos a Japón de gira!
Éramos doce chivos con Bleiser verde y unas maletitas que decían “JAL”, nuestros violines sobrevolaban Alaska para llegar a Narita donde nos recibieron con un baile de máscaras y una cena que apenas puedo encuadrar en la mente porque no podía más de sueño. Pero recuerdo Tokio y el hotel donde Axel se quedó atorado un día en el elevador, donde nos pusimos una yukata por primera vez. Nagoya, Yatsugatake, Motegui, la isla de Okinawa, Yamaguchi, Kakogawa, Kagoshima, Utsunomiya, Fujisawa y los grandes recibimientos que nunca faltaban. El señor Onuki que siempre aparecía cuando algo se ofrecía y el señor Tanaka, de los que no voy a olvidar sus caras cuando me encontraron después de que me extravié en medio de una multitud en el zoológico. Caben en la lista de recuerdos al piano siempre Tonatiuh de la Sierra y el maestro Mario Rodriguez Taboada en la batuta. Desde luego la maestra Noriko Iwamoto, Yoshiko Ukike, Sei Hatano y bueno, nuestra queridísima, grandiosa violinista incansable, educadora del arte y sembradora de anhelos y júbilos del alma… ¡Yuriko Kuronuma Sensei!
Los conciertos y ensayos se daban casi diario, dejando siempre espacio para conocer lugares inolvidables del fabuloso país que es Japón. Me vienen a la memoria las calles llenas de cerezos pintados de rosa y blanco, nosotros siempre en un autobús y seguidos por una cámara hasta en el baño. Está documentado nuestro baño en el ofuro de Motegui. Y volviendo al tema de la música, no sé a los demás, pero invariablemente cada vez que yo escucho los Aires gitanos de Sarasate me traslado a alguna imaginaria sala de conciertos casi vacía y me viene un sentimiento de nostalgia parecido al que se siente cuando uno está lejos de casa. No sé si tenga que ver con que entonces estábamos lejos de nuestras familias y hoy yo llevo ya tiempo viviendo fuera de México. Adrián, Daniel, Carlos, Mario, Paulina, Yuri, Javier, Danielito, Axel, Sebastián, Eduardo y René. La Folia y los tres mosqueteros, que no es lo mismo veinte años después, Esa Sonata de Haendel que tocamos hasta el cansancio aún me sabe a Japón. El Air Varié, Long Long Ago, Vivaldi, el doble de Bach, Hayakawa, por supuesto los solistas, Mendelsohn, Wieniawski y bueno era tocar y tocar y seguramente los años que siguieron tuvieron que ver, pero en esos días se sentó en mí algo que a la fecha sigo teniendo. Es como un hambre por estar cerca de la música. Después incursioné en la guitarra y en otros estilos e instrumentos, pero la música es mi fiel compañera desde entonces y me tomó muchos años darme cuenta. Y me parece que esos primeros escenarios están tan arraigados en mi ser que actualmente son lo que primordialmente busco.
Los recuerdos son tesoros. Vagamente me imagino a los niños japoneses tratando de comunicarse con nosotros a señas y viceversa en nuestro seudo inglés. Creo que en Yatsugatake rompimos una piñata. Y tocamos tambores autóctonos en algún otro lugar. Comimos enormes fresas en un invernadero, fuimos al museo de la bomba atómica en Nagasaki y nunca se me va a olvidar las maravillas tecnológicas que vimos en esas tiendas gigantescas en Tokio. Teníamos gafetes con nuestros nombres en Japonés y llegó un momento que con las sílabas de los nombres de todos pudimos descifrar algunas otras palabras. En algún momento nos llevaron a hacer figuritas con barro y a un museo marino. Otra vez mi memoria no es muy clara ya pero parecía increíble pensar que en cada lugar nos recibieran con un collar de figuritas de origami y regalos. Nunca conocí gente tan amable en ninguna parte. Incluso en las casas de familias donde nos llegamos a quedar un par de noches siempre hubo un trato excepcional y por supuesto regalos. En algún momento fuimos al cine a ver una película en español sobre una colmena o algo así. Y a un concierto del prodigioso Vadim Repin. Yo era el más joven de todos, por lo que los recuerdos deben ser mayores para todos los demás. A mí se me ocurre que si algún día estamos todos o la mayoría en México y hay oportunidad de juntarnos, deberíamos hacerlo y tratar de conseguir esos videos y sentarnos a verlos. Y por supuesto tocar juntos.