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Testimonio del Embajador de México en Japón Lic. Miguel Ruiz-Cabañas
En la ocasión del XXV Aniversario, la gira por Japón.

Me siento muy afortunado de acompañar, como Embajador de México en Japón, a la Academia Yuriko Kuronuma durante la gira con que celebramos sus primeros veinticinco años de actividad. La existencia misma de la Academia es una prueba de la solidez de los lazos que unen a nuestros países y una muestra de lo mucho que podemos hacer juntos.

Durante un cuarto de siglo, la Academia ha desarrollado una labor cuyos frutos están a la vista (o tal vez sea mejor decir: al oído) en el gran número de niños mexicanos, algunos hoy ya son concertistas reconocidos, que se han formado como músicos bajo el amoroso cuidado de la maestra Kuronuma. Un pequeño grupo de ellos estará durante estas semanas en Japón, tocando en las mejores salas de concierto para el gran público japonés, pero también conviviendo con niños japoneses cuyas familias los recibirán durante algunos días, en las ciudades de Oyama y Kakogawa. Algunos de esos niños, sus anfitriones, serán al mismo tiempo sus huéspedes, pues se integrarán al grupo para tocar en el escenario.

Sé que los japoneses designan a las cosas que más íntimamente los representan con el carácter wa, que quiere decir armonía. Yuriko Kuronuma es una violinista admirada en todo el mundo, una maestra querida por sus discípulos, una escritora exitosa, pero sobre todo, en el fondo, en todas sus actividades, es una maestra de armonía. Lo digo porque la he oído tocar, porque conozco los frutos de su labor, pero sobre todo porque la conozco.

Me siento muy afortunado, como decía, de acompañar a la Academia: con estas pocas palabras, con el respaldo de la Embajada, con mi reconocimiento como mexicano, con mi gratitud como amante complacido de la música.