
Hay muchos momentos que guardo en mi mente sobre cómo me fue atrapando la música -y especialmente el violín- desde niño. Uno de éstos fue en algún concierto, en el que no necesité ni siquiera la presencia de un solista para ser atraído por el mágico poder seductivo del violín. Bastó con observar y escuchar en vivo la intervención de los violines en un evento que hasta la fecha lo recuerdo como el primer concierto al que asistí en mi vida, y que dejó tal huella que años después pude reconocer y agradecer a Richard Strauss su “Also Sprach Zarathustra”, por haberme impactado y dejado intrigado con la ejecución del violín, de tal suerte, que los siguientes dos años de mi vida no paré con mi insistencia y deseo de aprender a tocarlo. Fue así como llegué a la Academia Yuriko Kuronuma.
Con esa ilusión empecé con el estudio del violín. En un principio, fue un reto muy importante el poder unir deseo, constancia y disciplina en un mundo realmente nuevo, que a la vez me estaba mostrando el auténtico camino de la satisfacción.
Esto lo descubrí gracias al verdadero apoyo y enseñanza dedicada que distinguía la Academia, donde la Mtra. Kuronuma desde su inicio sabía sembrar en cada uno de nosotros una semilla de confianza y superación. Cómo podía ser que una violinista de reconocimiento mundial entregara tanto a unos niños de otro país, que apenas empezaban en un camino tan largo de recorrer. Esta fue una pregunta que empezó a generar muchas más. Cómo imaginar que estos niños compartieran el mismo escenario con su maestra, las experiencias de vida, el poder comunicativo de la música, y el poder de unión entre dos culturas a través de la música. Todo esto es el legado más grande que he recibido, y que comenzó con la primera Gira a Japón en 1985.
Desde el momento de haber recibido la noticia de la convocatoria para la selección a esta primera Gira a Japón, puedo decir que mi vida tomó una nueva ruta. Para ese entonces, con escasos dos años de estudio en el violín, representaba algo prácticamente inalcanzable. Recuerdo que el progreso en mis estudios de violín cambió drásticamente. Mi deseo, respeto y amor a la música fueron encauzados durante este proceso. Después de haber sido seleccionado, y contando con la valiosa vivencia de ésa y la siguiente Gira, la música nunca más logró salir de mi interior. Esas Giras nos mostraron lo que a través de la música somos capaces de vivir y recibir: la absoluta honestidad en el trabajo individual y en equipo, el adentrarse en la gente y en su cultura, el crear lazos de amistad, y un sinnúmero de recompensas más. Creo que tanto para mí como para los demás representaban una experiencia totalmente nueva, y al mismo tiempo una respuesta a la procedencia de todo ese cariño, entrega y dedicación que habíamos recibido en nuestra Academia.
Efectivamente la Maestra Kuronuma encabeza una labor incondicional de hermandad, en la que su gente manifestó desde el principio su apoyo, donando 100 violines de distintos tamaños para permitir a esos niños mexicanos emprender este vuelo musical. Un vuelo que siguió, sigue, y seguirá en cada uno de nosotros, y en nuevas generaciones gracias a la convicción de lo que el ser humano es capaz de compartir y transmitir independientemente de la distancia geográfica y cultural. Quiero agradecer a toda esa gente del pueblo japonés que no sólo han creído en ese vuelo, sino que lo han alimentado a base de entrega, hospitalidad y profunda amistad. Gracias también a la música, el lenguaje universal por excelencia, que nos permite participar unidos en esta celebración.